martes, 12 de julio de 2016

El dia que supe que me estaba volviendo loca.

Intentar hablar conmigo es como jugar a un juego. Un juego con los monstruos que llevo dentro. Quizás algún día, pueda sacarlos de debajo de la cama. Quizás pueda pedirles que por favor no me coman, porque detrás de esta mascara falsa y mal lograda (les juro por Dios) hay una niña dulce, vestida de comunión, esperando a que la rescaten porque han pasado tantos años que ya ni el amor pudo salvarla.
Esa niña alguna vez quiso ser protagonista del juego y sin embargo, la vida se encargo de esconderla. De hacerla tener miedo de salir a la luz. Quizás sean los mismos monstruos los que la protegen, quizás el mundo exterior no hizo mas que dañarla y ella, herida y tambaleante no tuvo otra opción que refugiarse detrás de esos seres que a pesar de ser inexistentes, cuando quieren se vuelven muy reales.
Sin embargo, ellos también la dañan, dañan a lo que mas ama. Y es ahí donde a la niña vestida de comunión le surge una rivalidad, porque en realidad ella no quiere hacer daño y lo único que puede hacer es observar... Observa como se convierte, se arranca esa mascara vasta y maloliente, le salen garras por uñas y colmillos por dientes. Eleva la voz, se desgarra su piel y no puede hacer mas que observar la unión de todos los monstruos que lleva dentro, sin poder hacer nada, mas que lamentarse.
Ella los saca porque quiere, o porque quizás ya no tenga otra opción. Quizás sus monstruos se hayan apoderado tanto pero tanto de ella que no tenga otro camino mas que dejar que salgan cuando simplemente no pueda manejar la situación. La niña en realidad, se había vuelto loca y su vestido blanco de inocencia se tiño de gris, paso a desteñirse lentamente, impíamente, y nadie lo notó. Pronto la mascara desaparecería y la niña ya no seria niña, y seria un monstruo igual a los que alguna vez les tuvo temor. 

domingo, 3 de julio de 2016

Percepción, Descripción y Búsqueda

Volví a desesperar. Y desde la desesperación me pude ver como un bicho atrapado por una telaraña, situada entre el delgado cristal que separa la verdad del dolor, veo cómo mis manos cubren mi cara y por entre los dedos se escapan unas cuantas palabras, que nunca alcanzan para pedir perdón. Como las gotas de una lluvia eterna golpean en la ventana por la que alguna vez logre escapar, por la que alguna vez deje abierta, con esperanza, casi con fe de volver a ver la luz. Porque había sido la luz, quien soportó que ciega de vanidad, le rasguñara en la oscuridad donde descansa la peor parte de mí, donde ya no hay dragón, ni princesa, ni monstruo que se compare a lo que habita dentro de mi ser. 
Me susurra, me convence, me miente, me enreda. Se aprovecha de mi, de mi debilidad. Me conoce bien, sabe que no puedo decirle que no, que a mi nadie me dice que no, y me muero de a poco, me mata, me encierra, me aprieta el corazón, lo estruja, como con una mano invisible lo arranca de a poco, y siento que la respiración se me acelera, que el pecho empieza a hundirse, me llevo una mano a la cara, la tapo, horrorizada, exagerando la expresión, contrayendo los músculos. Cierro con fuerza los ojos, segura de haber encontrado mi propio infierno. 
Quisiera poder llorar sin culpa, pero en lugar de eso obtengo justo lo que merezco.