Intentar hablar conmigo es como jugar a un juego. Un juego con los monstruos que llevo dentro. Quizás algún día, pueda sacarlos de debajo de la cama. Quizás pueda pedirles que por favor no me coman, porque detrás de esta mascara falsa y mal lograda (les juro por Dios) hay una niña dulce, vestida de comunión, esperando a que la rescaten porque han pasado tantos años que ya ni el amor pudo salvarla.
Esa niña alguna vez quiso ser protagonista del juego y sin embargo, la vida se encargo de esconderla. De hacerla tener miedo de salir a la luz. Quizás sean los mismos monstruos los que la protegen, quizás el mundo exterior no hizo mas que dañarla y ella, herida y tambaleante no tuvo otra opción que refugiarse detrás de esos seres que a pesar de ser inexistentes, cuando quieren se vuelven muy reales.
Sin embargo, ellos también la dañan, dañan a lo que mas ama. Y es ahí donde a la niña vestida de comunión le surge una rivalidad, porque en realidad ella no quiere hacer daño y lo único que puede hacer es observar... Observa como se convierte, se arranca esa mascara vasta y maloliente, le salen garras por uñas y colmillos por dientes. Eleva la voz, se desgarra su piel y no puede hacer mas que observar la unión de todos los monstruos que lleva dentro, sin poder hacer nada, mas que lamentarse.
Ella los saca porque quiere, o porque quizás ya no tenga otra opción. Quizás sus monstruos se hayan apoderado tanto pero tanto de ella que no tenga otro camino mas que dejar que salgan cuando simplemente no pueda manejar la situación. La niña en realidad, se había vuelto loca y su vestido blanco de inocencia se tiño de gris, paso a desteñirse lentamente, impíamente, y nadie lo notó. Pronto la mascara desaparecería y la niña ya no seria niña, y seria un monstruo igual a los que alguna vez les tuvo temor.
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